Para escribir

Para escribir basta con conocer las letras y como estas se alian para formar palabras. Cualquiera puede escribir si tiene un conocimiento básico de una lengua. Pero hacer arte con esas palabras, eso ya es más difícil.

La escritura surge del cerebro, el arte lo hace desde el pecho. Nace de esa angustia que sufre el individuo dentro de sí. Esa necesidad de contarle al mundo aquello que le aflige o enamora. El arte escrito es una planta que se riega con pasiones para que florezca. Pasiones menores pueden hacerla crecer, pero solo el odio o el amor hacen que sus pétalos se abran, que a todos embriague su perfume.

Es la desesperación por sacar esta angustia de mi pecho lo que me empuja, al fin, a escribir, a dar rienda suelta a todo aquello que quiero gritar.

Bolitas de cristal

Las ilusiones no son más que pelotas de cristal, que al ver a través suyo transforman nuestra realidad. Son simples pelotitas que nos sirven para soñar, jugar y sonreír. El problema es cuando se caen, rompiéndose en minúsculos pedazos que aguijonearán nuestros pies al andar. Yo ya tengo callo en las plantas, así que busco sin parar más pelotitas que añadir a mis juegos malabares. Por mucho que me duela mi camino es demasiado largo como para pararme.

Algo me duele dentro, pero yo sigo sonriendo.

La brújula que señalaba al sur

El plomo en el cielo presagiaba las primeras voces del invierno. Si todos los inviernos resultan duros en esta región, éste, sin duda, va a ser de los peores.

Por culpa de la peste apenas hubo jornaleros para recoger la cosecha. Innumerables fueron las pérdidas. Su marido recorría diariamente la hacienda a caballo, buscando algo que disfrazara la escasez imperante en su despensa. Esta vez él se retrasaba en su vuelta, pues ya era noche cerrada y no había vuelto aún. Fuera de la casa todo estaba negro.

El exterior era negro, negro como aquella peste que se había llevado a todos sus seres queridos, negro como la muerte que a todos nos espera.

Segura del pronto retorno de su marido prendió una vela y se dirigió hacia su alcoba para encender el hogar. La alcoba era una estancia grande, con una enorme cama en medio, dos armarios en las esquinas del fondo y una enorme chimenea frente a los pies del lecho conyugal. Entre la cama y la chimenea estaba la piel de un enorme oso a modo de alfombra que recordaba tiempos mejores, de cacerías y hazañas.

“No cómo ahora” pensó.

Posó la vela sobre la repisa de la chimenea, se sentó sobre la enorme piel y se dispuso a encender el fuego. Por lo menos madera si que tenían de sobra…

Mientras sus manos recorrían la piel de aquel magnífico oso sus ojos danzaban al ritmo de las llamas. Seguía sola. Múltiples ensoñaciones y recuerdos le mantuvieron entretenida hasta que Morfeo le inundó. Pero las primeras voces del invierno campanillearon sobre los ventanales para sacarle de su sopor. Desperezándose aún, contempló el fuego y le añadió combustible. Se desnudó para vestirse con su ropa de cama, pero así desnuda se tumbó sobre la piel del oso para disfrutar del calor sobre su piel. Las llamas se reavivaron y despertaron en su interior otro fuego, antes dormido. Un fuego cálido y acogedor que se apoderó de su voluntad, de sus piernas y sus manos, Un fuego que servía de brújula a todo su instinto de mujer.

Primero fue un dedo, luego dos. Y del panal brotó la miel.

¡Sorpresa!

Recorría una y otra vez el mismo paseo. Arriba y abajo, sin mirar otra cosa más que el suelo. Sólo podía darle vueltas y más vueltas. Ni avanzaba ni retrocedía, pero nunca estaba en el mismo sitio. No podía verlo de otra manera, no tenía otro punto de vista. Definitivamente tendría que matarle. ¿Pero como había llegado a ese punto? Todo era una mierda.

Era demasiado para él, la presión le iba a reventar las sienes. No podía sujetar el cuchillo con firmeza, el sudor de sus palmas hacia resbalar la empuñadura. Ahora no podía volverse atrás, si había llegado hasta allí era para terminarlo.

- ¡Perdone! ¿Puede decirme la hora?

- Si, espere que mire.

Se acercó con pasos rápidos. El destello del acero, el leve rumor de la hoja cortando la carne y el sordo golpe del cuerpo contra el suelo, nada más. También se alejó con pasos rápidos, mirando a todas partes, cerciorándose de que nadie había presenciado aquello.

Poco a poco aprendió a vivir con el peso de la muerte. Poco a poco aprendió a disfrutar del sabor de la sorpresa inesperada. Le buscaron por todas partes, pero nunca le encontraron. Todos muertos de un corte profundo en el cuello, ningún testigo, lugares separados por cientos de kilómetros y ninguna conexión entre las víctimas. Siempre iba con sombreros y postizos, siempre diferente e irreconocible.

¿Cómo iban a encontrarle?

¿Cómo vas a saber quien es cuando esté cerca tuyo?

¿Qué cara pondrás cuando te toque a ti?

¡Deslizate!

Existen ocasiones en las que uno quiere escribir algo y no puede, no le sale. Coge folios, cuadernos, facturas, en busca del pedazo de papel que se deje imprimir con algo bueno, que exprese eso que bulle en tu cabeza.

Pero no siempre se puede, a veces hay que saber ceder ante la negativa de las musas. Asumir que quizá no sea tu momento, que debes seguir acumulando cosas que contar, vivirlas, compartirlas y volver a deslizarte sobre el papel. Volver a deslizarte...

Reciclajes varios

En algunas ocasiones el hombre se da cuenta de lo malo que resulta para todo lo que le rodea. A veces mira a su alrededor y ve la cantidad de basura circundante y que, en su totalidad, él mismo ha producido. Envases, restos, desperdicios. Luego crea la ilusión del reciclaje, para no sentirse tan culpable. Y ya está, todo autojustificado. Creo basura, pero la reciclo. Sin darse cuenta de que la única solución es no seguir creándola.Ya hay demasiada, por mucho que se recicle.

Eres lo que consumes, y lo que consumes siempre termina en la basura.

El mundo nos lo da todo y nosotros le pedimos más para que un tipo decida que esta temporada se llevan los cuadros...


¡Sácame de esto!

...
Mañana tras mañana abro los ojos esperando ver algo nuevo, pero siempre obtengo el mismo resultado: 07:00 en el despertador, la luz entra con timidez por la persiana a medio bajar y tu pelo alborotado inunda la almohada.
Me pregunto que espero encontrar si nunca busco nada.

Quiero atraparme en la maraña de tu melena, ser una mosca cautiva en tu rubia telaraña. Esperar que me devores lentamente después de darme tu veneno.

Devorame, atrapado entre tus patas. Camufla el infierno de cada mañana escondiéndome en tu sexo. Hazme creer que es sábado, que el despertador se ha equivocado y que puedo seguir aquí, con mi cabeza en tu pecho que sube y baja distraido, esperando que me marche, que me marche como hago cada mañana.